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El lenguaje de Sophia

Esta carta es para ti, Sophía, bella princesa de grandes ojos profundos; amor eterno de todos los filósofos de occidente, desde Tales hasta Einstein.

Soy lo que soy, gracias a ti. Es más, de alguna manera todos los saberes humanos son fruto de tu disciplina. Sin embargo, la comprensión de nuestro entorno sin conciencia, puede volvernos destructivos. Por eso deseo hablarte del secreto para transformar el mero conocimiento en verdadera sabiduría; por lo demás, es la cualidad física más poderosa que poseemos los humanos: El lenguaje. Tú, Sophía, la de manos pequeñas, delicadas y calurosas, la Sabiduría eterna, a veces pasas por alto el amor que deben llevar nuestras palabras.

Recuerda: el lenguaje nos forma, estructura lo que somos. Bien lo dijo el evangelista, “De lo que abunda en el corazón, habla la boca”. Aunque más sucintos fueron Mahoma, “Di la verdad, aunque sea amarga”; o Moisés, “No mentirás”. Y más prolijos fueron Buda: “Habla correcto”; o, los toltecas, “Que tu palabra sea impecable”.

En este camino que iniciamos, vamos a empezar por hablar siempre con frases positivas. En realidad, es fácil. Debes evitar palabras como jamás, tampoco, nunca, no, desgracia, pero, ningún, imposible o problema. Si vas a decir “Por desgracia, fue imposible hacer la terea porque no tengo tiempo”, prefiero que digas “La verdad, invertí mi tiempo en actividades diferentes a las tareas; te las entrego mañana”. Eso sí, si debes decir que No, o, No sé, hazlo sin miramientos.

Cuando domines el arte de hablar en positivo, mujer de oscuros y encantadores cabellos, es hora de adentrarse en el engañoso mundo de los posesivos. Te explico. Lo primero que decimos cuando aprendemos a hablar es papá y mamá. Luego, por arte de magia, todo termina siendo nuestro: mi papá, mi mamá, mi casa, mi carro, mi hijo, mi perro, mi vida, etcétera. Existen varias maneras de decirlo todo sin usar posesivos. Una forma es con artículos neutros: el carro, la casa. Otra es hablar sin artículos: hijo, papá. Y una mejor es usar nombres propios. Lo cierto es que los grandes apegos de nuestra vida parten de aquí, cuando, si lo meditas con juicio, sólo somos dueños del tiempo que nos resta por vivir. Prescindir de los posesivos te dará libertad.

¿Me sigues, Sophía, o voy muy rápido? Porque a continuación viene algo que requiere mayor esfuerzo de tu parte. Concéntrate. Sabes muy bien que la felicidad en la vida siempre va a depender de la felicidad de los que te rodean; serás feliz con ellos y por ellos. Por eso, las palabras que uses siempre deben ser inclusivas. Sé que aún no caes en cuenta de que la más excluyente de todas las palabras en todos los idiomas del mundo, es una que parece inofensiva y que repetimos todo el tiempo, sin notar que resuena en nuestro cerebro como si fuera real, y sin notar que resuena en nuestro corazón volviéndolo más soberbio. Esa palabra es Yo. El YO te aleja de los demás, te individualiza y hace que olvides que sola eres vulnerable; que desconozcas que como especie estamos donde estamos por la cohesión, la solidaridad. Te repito que sé que requiere esfuerzo entenderlo. Sin embargo, cuando lo comprendas, llegarás a una conclusión milenaria: todos somos uno.

Ay, Sophía, cómo ignorar la sinceridad y dulzura de tu sonrisa: cada vez que sonríes, mi mundo cobra sentido y aumentan mis ganas por aprender. Como notas, con nuestras palabras somos capaces de construir y de destruir. Una frase lanzada sin pensar puede generar odios o rencores, puede agravar conflictos o desilusionar parejas. Por el contrario, ser conscientes del poder de nuestra voz nos hace capaces de todo lo que nuestro corazón nos dicte. Y aquí es cuando debo mencionarte que hay una herramienta que multiplica la contundencia de nuestro discurso: la verdad. Llegar a ella es posible cuando hablamos en positivo, dejamos de usar los posesivos y obviamos el Yo. Es el resultado de la plena conciencia del lenguaje y de ser responsables de nuestro destino.

Te amo, Sophía; eres la personificación de la Sabiduría que es plenamente consciente de que cada vez sabe menos. Por mi parte, lo único que sé es que seguiré siendo tu admirador en la clandestinidad absoluta.

 

 

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