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El Clarín

Por: Carlos César Silva

Twitter: @ccsilva86

Sus palabras recrean el pasado que palpita en sus ojos, ese canto que se ríe de la muerte y que acaricia su rostro todas las mañanas: “Por más que sea, tengo la memoria mala”, me advierte con una sonrisa nostálgica. Sin embargo, la charla muestra otra realidad: sus recuerdos se mantienen vigorosos. El amor, que para ella es una experiencia menos física que espiritual, hace que el olvido sea inferior a sus más de ochenta años.

Es una tarde tibia: un sol vehemente y una brisa fresca se abrazan en el patio de su casa, al compás de un vallenato sentimental. De un restaurante contiguo viene el espíritu de Diomedes Díaz sollozando los versos de El culpable soy yo. Ella está sentada en una mecedora de fique sintético, mientras yo estoy postrado en un taburete de cuero. Embelesado, la miro de frente y la escucho hablar sobre su único amor: Dagoberto López.

—Nos conocimos en una Semana Santa, en Valencia de Jesús —ahora habla con algo de picardía —. Íbamos en una procesión, Dago se salió hacia un monte con una muchacha y yo los seguí con unas amigas. Imaginate, Checha, los espiamos… después me encontré con Dago aquí en La Paz y me reclamó por haberlo seguido, pero que va, él solo estaba buscando la forma de meterme conversación.

Así comenzó entre ambos un juego de rabias y risas que seis meses después los condujo al noviazgo: “Digo yo que ahora las mujeres cogen amores enseguida”, indica alzando las cejas. Su amor no solo venció al tiempo,

también superó varias pruebas de la carne. Antes de irse a vivir juntos, Dagoberto embarazó a otra muchacha de La Paz. Entonces el padre agraviado sacó su revólver, salió en busca del hombre que causó el perjuicio y lo obligó a casarse con su hija.

Dagoberto se casó en Fonseca para no herir tanto a su verdadera negra. Tal vez intentó cumplir con las obligaciones del matrimonio, pero luego de varios meses de infelicidad, se llenó de valor y se fue a buscar a su espía. Volvió a los brazos de Elodina Araújo Vega cantándole Por ella, canción de Esteban Montaño Polo que fue grabada por Los Zuleta: “Con tantos deseos que tengo de amarla / y sabe que estoy sufriendo es por ella”. Desde entonces no se volvieron a separar, su amor vive más allá de la muerte.

En 1960, Dagoberto y Elodina se fueron a vivir a Santa Marta: allí él consiguió un trabajo en la Caja de Previsión Nacional. Primero residieron en Pescaíto y luego en el centro. Procrearon tres hijos: Milton (folclorista), Navin (rey vallenato) y Zurelis (profesora). Su hogar se transformó en una embajada vallenata: Dagoberto empezó a ofrecer parrandas y a demostrar sus habilidades como cantautor ante Los López, Los Zuleta, Jorge Oñate, Alfredo Gutiérrez, Abel Antonio Villa, Colacho Mendoza y Luis Enrique Martínez. En homenaje a aquellas juergas inolvidables, Leandro Díaz compuso La parrandita.

—Eran casi las tres de la mañana —rememora con su voz cadenciosa—. Ya la parranda se había acabado. Leandro estaba esperando un taxi en la puerta de la casa en compañía de Dago y mía. Como Dago había sido operado del corazón y ya no podía tomar, Leandro me preguntó: “Bueno, negra, cómo quieres ver a tu marido: ¿bebiendo o cantando?”.  Y yo le dije: “Nombeee… mejor que cante”.

Así surgió La parrandita, que inicialmente fue grabada por Jorge Oñate:

“Voy a saludar primero a Dagoberto

como ya no toma trago se enguayaba

cuando escucha un acordeón se ve contento

pero su guayabo lo lleva por dentro

porque ya no toma trago en las parrandas

la negra que lo conoce entusiasmada

le dice yo me conformo con tus versos”.

A las parrandas en casa de Dagoberto y Elodina, en Santa Marta, también iba Rodrigo Vives Echeverría con su hijo Carlos, quien deliraba con los versos alegres y las voces inmortales de los juglares. Leandro Díaz dejó constancia de la escena:

“…le canto a Rodrigo Vives Echeverría

el hombre que pa’ beber escoge el día

le gusta escuchar un buen acordeonero…”.

Varios años después, Carlos Vives, copado de fama y de gloria, grabó La parrandita. Quizás no lo sabe, pero no solo le hizo un homenaje a su padre y a Leandro, sino también a Dagoberto, a Elodina y a aquella sucursal del vallenato.

Dagoberto concibió canciones como Tierra mojada, Costumbres perdidas, Yo vivo como aquel, Cosas de la vida, El borracho y Cariñito. Las gargantas de Poncho Zuleta, Poncho Pérez, Adanies Díaz y Alfredo Gutiérrez recitaron sus poesías. Por ahí también sobreviven unos versos inéditos que deberían ser oídos por las nuevas generaciones de artistas vallenatos: Te regalo a Santa Marta, Sí yo pudiera, Sueño hermoso y Fecundo.

Fue un trovador que salvaguardó las huellas que deja el ayer, las serenatas secretas, las voces que ya no cantan, los besos que se roban en las esquinas y los aparatos que salen en las noches de vigilia. También defendió la originalidad, el arte puro. Así lo deja ver en su canción La querella:

“Se pueden cantar porque están de moda

Sin caer por ejemplo en contradicción

Hacen las canciones de puro amor

Sin haber ni siquiera tenido novia”.

Tuvo una amistad entrañable con el médico y escritor Manuel Zapata Olivella (quien vivió en La Paz durante varios años). Una parranda memorable da fe de ese vínculo. Fue en diciembre de 1949, en una finca próxima a La Paz. Zapata Olivella organizó el festín para un joven autor que visitaba por primera vez la región: Gabriel García Márquez. Acompañado del acordeón de Juan López, Dagoberto entonó con su voz nítida y vigorosa las canciones de Rafael Escalona, se destacaron El hambre del liceo y El Perro de Pavajeau. Dicen que Zapata Olivella y Gabo levitaron con su canto.

—Checha, fue Zapata Olivella quien le colocó a Dago el apodo de ‘El Clarín’ —me dice Elodina con los ojos chispeando ternura—. Él decía que la voz de Dago viajaba con la brisa, que era una voz clara y fuerte.

El Clarín estudió con Rafael Escalona en el Loperena, en Valledupar, y luego en el Liceo Celedón, en Santa Marta. A diferencia del compositor de La Maye, él no solo fue reconocido como un hacedor de canciones, sino también como un cantante portentoso. Nunca hizo un trabajo musical, pero fue uno de los primeros interpretes independientes al acordeonero.

Ahora el rugir de su garganta reposa en los sueños de su negra, en unos casetes viejos que conserva su hijo Milton como una herencia inmaterial y en los archivos del programa Vámonos caminando, que era dirigido por el cronista Alberto Salcedo Ramos. Allí El Clarín declama con ademanes de teatrero uno de sus versos más hermosos, lúcidos:

“Sí yo pudiera ser como la sombra

Que crece y crece cuando el sol declina

Pedirle a Dios que entre las cosas lindas

Que le devuelva la paz a Colombia”.

Después que El Clarín alcanzó la edad de pensión, volvió con Elodina a vivir a su pueblo. Por un tiempo, siguió cantando sus vivencias como profesor en La Paz, servidor público en Santa Marta, compositor costumbrista y parrandero que solo se embriagaba con la alegría de sus amigos. Pero después su memoria se quedó para siempre en su pasado feliz: Dagoberto volvió a ser un niño inocente y cualquier día su corazón alegre dejó de sonreír. En 2005, a los 78 años murió.

—Antes de irnos a vivir a Santa Marta, dice Elodina sollozando, Dago fue profesor aquí en La Paz. Nunca volvió a trabajar en un Colegio, pero yo pienso que utilizó sus canciones para seguir enseñando. Así lo recuerdo, como un profesor.

—¿Cuál es la canción que más recuerda del señor Dagoberto? —le pregunto mientras oigo que Diomedes ahora canta Señora Tristeza.

Mis hijos y mis canciones —baja la cabeza, suspira y me pregunta—: ¿Es hermosa, cierto?

—Sí, tía.

Yo aún recuerdo la sonrisa cautivadora de Dagoberto López, su elegancia de poeta provinciano. Lo veo deambulando por las calles raras de La Paz, silbando sus canciones y saludando a la gente. Lo siento cuando pasa a las cinco de la mañana por la casa de mis abuelos maternos y grita con su voz recia: “¿Están durmiendo?”, y entonces mi abuela María Elena (la hermanita de Elodina) interrumpe su oración matutina y contesta desde adentro con un alarido inferior: “Nooo”. Yo fui testigo del amor entre Dagoberto y mi tía. Ahora que sus cuerpos no están juntos, advierto que Elodina solo vive para no dejar morir los versos de su Dago.

 

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