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Dicotomía entre bien y mal

Se ignora históricamente la etapa en la cual el ser humano ajustó su conducta a las imprecisas nociones de bien y mal.

Todo indica que emergió en el hombre al cavilar éste a la par de la evolución del cerebro en ese enigma que constituye el fenómeno humano y el pensamiento ante la dualidad de las dificultades y facilidades que caracteriza al universo, llamando bien lo que resultaba utilitario al individuo, luego al grupo; y mal, aquello que era repudiable por el daño que causaba dentro de las mismas categorías.

La primera referencia documental en nuestra cultura aparece elevada a pecado, cuando Eva seduce al incauto Adán para que probara la manzana prohibida, descubriendo el deleite material, génesis que la humanidad entera ha repetido y repetirá por siempre. La iglesia, al encarnar todo lo divino en cabeza de un Papa, sufrió una perturbación histórica cuando llegó al Papado Roderic de Borja o Borgia (Alejandro VI), quien, en 1492, cuando apenas se descubría América, hizo con sus hijos el más descarado nepotismo, confundiéndose lo que estaba bien y lo que no.

Mucho antes, el zoroastrismo – en Turquestán occidental, entre el segundo y primer milenio antes de Cristo – fuente del judaísmo que dio vida después al cristianismo con sus diferencias fundamentalistas, había debatido la concepción religiosa del bien y el mal, postulados que han ido ajustándose a los comportamientos comunes de la vida en todos sus órdenes.

 

Así, la etimología moral asume un conjunto de costumbres, valores o normas que acogen o rechazan personas, grupos, comunidades o naciones que funcionan con sus variantes. De modo que la ética hace alusión a la especulación, abarcando la costumbre sobre lo que puede ser considerado normal o anormal, bueno o malo.

Desde este punto, la ética se enfoca hacia las acciones y la conducta de una sociedad y de quienes la integran, estudiando las bases que constituyen los comportamientos, hábitos que se prestan para distinguir lo bueno de lo malo, que sirve para decir, a la vez, qué se acoge o qué se descarta dentro del acontecer social y la solidaridad que los comunica con su cohesión.

Estas nociones, apenas esquemáticas, han servido dentro de una sociedad, cualquiera que sea, para catalogar como ‘Persona de bien’ a quien fuere capaz de fingir comportamientos éticos en público, pero en el fondo es un rufián, que carcome las reglas de la buena conducta según sea el nivel cultural por donde transita.

En la comprensión, desarrollo y aplicabilidad de estas dos palabrejas, ubicándose en una u otra, subjetivadas en sus contradicciones entre sí, genera también sus confusiones. Así mismo, en la práctica, sirven como panacea para ganar el cielo, o perderlo, como también para evitar la posibilidad de tener un pie en la cárcel y otro en la calle, ámbito en el cual el cúmulo de las experiencias hacen al observador, ante los demás, un espejo para saber qué debemos hacer y qué nos está permitido.

Tal vez esta paradoja ante la cual puede debatirse nuestra perplejidad al no saber escudriñar la distancia que existe entre el bien y el mal, fue lo que llevó al filósofo popular Rafael Escalona a elucubrar sobre esto, obligándolo al final a quedarse quieto:

Ombe! Yo hice un bien

Pero me fue muy mal.

Ombe! Yo hice un mal

Pero me fue peor.

Ahora, no hago bien, ni mal

Pa ve’ si me va mejor.

Debemos recordar que el yin y yang como conceptos del taoísmo, representan la dualidad, energías opuestas pero complementarias, filosofía que atribuye a todo cuanto existe y se mueve en el universo, procurando un balance y armonía entre el bien y el mal.

Y es que los sabios, en la escala de los valores humanos, ante el impulso que generan las necesidades, nos recuerdan cada día que los valores son relativos, que se puede vivir sin sexo pero no sin las gafas.

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