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Dicen que Carlos Vives no canta vallenato

Por: Rosendo Romero Ospino

rosendoromeroproduccion@hotmail.com

Yo era un niño cuando Leandro Díaz iba con Toño Salas a mi pueblo y cantaban unas melodías que eran como la briza del cerro; al oírlas, mi alma sentía que yo estaba cerquita a los cielos.

Eran los tiempos aquellos de la píldora rosada, el veramón, pitirito de azúcar y los biscochos de hornos caseros. Para esa época ocurrió un fenómeno social inexplicable para mi adolescencia: brotó cual hongo, flor de la tierra, el movimiento hippie. Con sus cabelleras largas, vestuario psicodélico, la medalla símbolo de amor libre y sus canciones de despeluque, fue una epidemia emocional y psicológica que rápidamente contagió todo el planeta; nuestro país no fue la excepción. Una nueva ola arrasó con las mayorías de las músicas tradicionales del país, sacrificó el boom, la guabina, el bambuco; nos referimos a esa bella música colombiana magistralmente representada por Garzón y Collazos.

Para fortuna de nuestra música vallenata, el aislamiento generado por la falta de señal televisiva de la región del valle del cacique Upar, hizo que el impacto de esta nueva ola no fuera tan letal y, más que todo, porque la juventud de nuestra región, en esa época, escogió parecerse más a sus abuelos y a sus papás. En Villanueva, solo un grupo llamado los Rockelinos imitó el estilo de los hippies, pero tocaban paseos y merengues.

En los recuerdos que tengo de Toño Salas, Emiliano, Luis Verdecia, Julio Escobar, ‘Colacho’ Mendoza, está la imagen del acordeonero con un sombrero de fieltro, camisa de cuadros y tal vez un pantalón de dril; hace poco el cantante Iván Villazón y el rey vallenato Wilber Mendoza, aparecieron en la caratula de un CD con esa estampa. En la actualidad nadie se viste de esa manera, aun cuando a algunos nos gusta.

El proceso mediático que se ha dado en el triángulo de la sierra nevada de Santa Marta (Riohacha, Valledupar y Santa Marta), ha generado cambios sustanciales en el modo de la presentación del vallenato, de tal forma que podemos decir que el vallenato es un mutante, que ha cambiado de piel a través del tiempo.

Al comienzo el acordeón anduvo solo por mucho tiempo, hasta que encontró compañía de la caja y la guacharaca; es así como hemos podido ver que Guillermo Buitrago se valió de las cinco cuerdas de la guitarra para impulsar nuestra música hacia otros contornos climáticos y culturales. De igual forma podemos interpretar el ascenso de Alfredo Gutiérrez con nuevas formas armónicas, melódicas y rítmicas, además de un estilo de vestir de diseño futuristas, los cuales sirvieron como paradigma a las nuevas generaciones del vallenato.

El Binomio de Oro, agrupación que surge en 1976, capitaliza todo el legado de sus antecesores y actualiza de manera empresarial su agrupación, con manager, representantes de prensas, oficinas para contrato, club de fan, ruedas de prensa, ingreso a la televisión nacional, giras en buses climatizados, se bajan en los mejores hoteles, vestuario uniformado para el grupo base y ellos de maneras diferentes, incorporan coreografías a sus presentaciones, colocan en sus grabaciones la guitarra, las timbaletas, el piano y más tarde la batería. Obvio, vemos un proceso evolutivo en la configuración de la orquestación para el vallenato en tarima, cosa que no ocurre para la parranda, donde solo se aplica caja, guacharaca y acordeón, fórmula tradicional.

Pero aun así no se habían logrado romper algunos diques o fortalezas que se resistían a nuestra música campesina. Entonces aparece en la televisión nacional, como actor de telenovelas y cantante de baladas y rock, un muchacho alto, delgado y bien parecido llamado Carlos Vives, quien se convirtió en la punta de lanza para abrirle nuevas fronteras a nuestra música; algunos lo llaman rockero frustrado, pero porque no saben que algunos de los cantantes de vallenato son cantantes frustrados de rancheras, especialmente los guajiros, que siempre hemos cantados rancheras.

Carlos Vives, después de realizar novelas – una de ellas con Amparo Grisales y una de las más famosas, El gallito Ramírez, al lado de la caleña Margarita Rosa de Francisco – el director cinematográfico Sergio Cabrera se huele el talento de Vives para protagonizar la novela Un Canto a la vida – Escalona, colocándolo en relación directa con sus cantos de infancia, el vallenato. Es así como empieza su carrera como intérprete de la música de Francisco el Hombre.

Los críticos y defensores de las costumbres, que con el paso del tiempo no dejan de ser torpes, se rasgaron las vestiduras porque Carlos Vives salió a cantar vallenato en bermudas, con camisa sin manga, una guitarra al pecho y las mechas largas (versión de Guillermo Buitrago años 2000). Si hay una cosa que podemos apreciar de manera palmaria en todo el proceso de la proyección de la carrera artística de Carlos Vives, es que ante todo es un gran empresario y que su visión, además de futurista, va con la exigencia de la actualidad, que ejerce competencias foráneas, las cuales, puestas en escenas, dejan muy atrás la forma como se presentan los artistas vallenatos.

Aprovechando el rockero que lleva Carlos Vives por dentro, al colocarlo al servicio del vallenato fue una salida genial. Con esta estrategia Carlos le entregó una imagen familiar a un público que nunca había mirado al vallenato, posicionándolo en las altas esferas de las capitales de nuestro país y todos los países de habla hispana. Fue tanto el impacto de Carlos Vives cantando vallenato, que la Gota Fría se convirtió en uno de los vallenatos más re-grabados en el mundo: destacamos las diferentes versiones que le hizo Julio Iglesias en varios idiomas y la deliciosa versión que le hizo Paloma de San Basilio.

Es increíble que alguien diga que Carlos Vives no canta vallenato, cuando ha sido uno de los mejores intérpretes que ha tenido el maestro Rafael Escalona Martínez, al cual personificó en la novela Escalona, una serie de la televisión colombiana realizada en 1991, la cual protagonizó junto a Florina Lemaitre; fue retransmitida en el 2006, también ha sido transmitida en Venezuela, Ecuador, Panamá, Argentina, México y nuevamente en Colombia en el 2012, lo cual dimensiona el radio de acción promocional que esta figura cimera le ha hecho al vallenato a través de su capacidad como actor.

Un acontecimiento histórico fácil de constatar de este artista es la realización de dos grabaciones antológicas y de colección, ‘Un Canto a la Vida’ (1991) en donde incluye 13 canciones del maestro Rafael Escalona: El testamento, La molinera, Lapatillalera, el almirante Padilla, el Mejoral, Miguel Canales, El villanuevero, Jaime Molina, El arco iris, El jerrejerre, La custodia de Badillo, La resentida y la golondrina.

Dicha prodcción se convierte rápidamente en éxito radial en todo el país y fuera de éste, en donde el canto vernáculo de Escalona no pierde el sentimiento original de su sabor folclórico en la voz de Carlos Vives y el acordeón del villanuevero Egidio Cuadrado.

El mega éxito de este álbum es respaldado por otro éxito del mismo nivel, titulado ‘Escalona Volumen 2’, incluye los cantos: La casa en el aire, El playonero, General Dangond, El hambre del Liceo, La Maye, El pirata de Loperena, La historia, Paraguachón, La vieja Sara, La mala suerte, El chevrolito, La despedida y La brasilera. Este es otro álbum 100% vallenato.

En 1993 ocurre la gran eclosión. Carlos Vives graba ‘Clásicos de la provincia’ y rompe su propia marca en ventas. Este fenómeno musical cautivó multitudes y queda registrado en la memoria de la historia musical de Colombia para los próximos 100 años. El samario se pasea por diferentes países enarbolando la bandera colombiana y realizando llenos impresionantes en todos los escenarios, incluso en Europa.

Para 1995, Carlos decide dejar de ser un intérprete para buscar la expresión original de Carlos Vives y realiza un trabajo con una filigrana exquisita. Lanza ‘La tierra del olvido’, cuya canción tiene un video tan bello como el mismo tema. Para 1997 lanza Tengo fe, 1999 El amor de mi tierra, 2001 déjame entrar, 2004 El rock de mi pueblo, Clásicos de la provincia 2 en 2009. Ya para este tránsito de su carrera, el genio de Carlos Vives comienza a experimentar con nuevos tipos de músicas, realizando conexiones. Cabe anotar que en ninguna parte está escrito que un artista vallenato no pueda incursionar en otras músicas, Carlos es un ‘Viajero del tiempo’ que va hacia el futuro, regresa al pasado y en su presente activo une la tambora, la flauta, el chicote con los sonidos de la técnica moderna y explora, como el alquimista, la química de los sonidos. Por eso no es extraño que en el futuro decida interpretar a Luis Enrique Martínez o Guillermo Buitrago o irse un poco más allá de lo urbano, pero él se define a sí mismo como el hijo del vallenato y le canta con amor al sombrero de Alejo.

En algunas versiones de Carlos Vives se percibe la magia del chicote de los Kankuamos y Arhuacos.

 

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