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DESAFÍO DEL CESAR

El departamento del Cesar ha cumplido sus primeros 49 años. Mucha agua ha corrido debajo del puente en ese interregno y, para bien o para mal, mucho dista el Cesar de ayer al Cesar de hoy.

Por supuesto, aquellos que conformaron la circunscripción electoral del Cesar eran pueblos irredentos, fantasmales, olvidados de la mano de Dios y mucho más de la voluntad y de los presupuestos de los gobiernos que se sucedían en la capital magdalenense. Justamente ese olvido, esa displicencia fue el hándicap para que toda una población, arengada y estimulada por una activa dirigencia política, se levantara de consumo hasta independizarse del yugo centralista del viejo magdalena.

Pues claro que se ha avanzado, ni más faltaba. 49 años, sin ser muchos, tampoco son pocos. Mucho se ha avanzado en coberturas en vías, educación, salud, servicios públicos, etc., al punto de reducirse considerablemente los índices de necesidades básicas insatisfechas.

Pero se pudo avanzar mucho más. El ímpetu emprendedor – en lo político, en lo gremial, en lo empresarial, en lo social – de las primeras décadas de vida departamental se ha ido menguando de a poco, provocando casi un estancamiento de su crecimiento, y lo peor, alimentando un pesimismo ciudadano en su futuro.

Y con razón. No está despejado ese futuro; por el contrario, cada día se percibe más turbio, más incierto, más desesperanzador, en una proporción directa a la pérdida de enjundia de su dirigencia. Es decir, a los cesarenses se les olvidó en todos los campos ser líderes o, en otras palabras, parece que le hubiesen inoculado altas y determinantes dosis de conformismo y pasividad que lo inhabilita para conquistar espacios vanguardistas…

No es solo en el campo de la política, hoy sin duda absolutamente huérfano. Claro que algunos fungen como dirigentes, ungidos por voluntad popular, pero como si nada porque no han sabido ganarse la autoridad, el respeto y el reconocimiento ciudadano. Se conforman con un cartón por título, sin esfuerzo para honrarlo.

Lo mismo ocurre en los campos académicos, gremiales y empresariales, para recordarnos que las verdaderas crisis, cuando lo son, lo son absolutas, como si fuesen unidas por un imperceptible cordón umbilical.

El Cesar se antoja sin norte. sin brújula, apenas capoteando lo que logre divisar en el rumbo que impongan las olas. No tenemos puerto adónde ir y anclar; esa es la gravedad de la situación, la incapacidad o desgano para tomar en verdad el timón del barco y enrumbarlo hacía donde queramos y debamos ir, no donde el azar disponga.

Dependiente absoluto de la mono explotación del carbón, ¿cuál sería el futuro departamental, algunas décadas más adelante, cuando este sector esté de capa caída, que lo estará más temprano que tarde? ¿Cuál o cuáles serán las apuestas productivas sustitutas para cimentar un futuro halagüeño?

¿Acaso el sector agropecuario, vocación ancestral de los cesarenses? ¿Acaso el sector de servicios o comercial? Esas y otras muchas pueden ser, pero cualesquiera que sean las apuestas, debe apostársele con enjundia, sacudiéndose el polvo soporífero que mantiene adormitado, anodino, la esencia combativa y emprendedora que todos llevamos adentro pero que solo algunos logran descubrir y cultivar.

La academia en el Cesar debe igual sacudirse de tantos lastres pesados que le impiden levantar vuelo en el protagonismo político-económico. Desde luego, la academia debe primero curarse por dentro, purgarse para erradicar tantos bichos anómalos que horadan su salud impidiendo su crecimiento.  Y luego hacerse la catarsis para abrirse a su ‘estamento’ externo, la sociedad sobre todo de su entorno, su verdadera razón de ser.

En síntesis, el Cesar debe repensarse con seriedad y rigor para determinar el rumbo y el puerto al cual quiere llegar. En ese sentido, la dirigencia toda, en especial aquella a la cual le ha tocado en suerte gobernar, ha sido inferior a su misión, acaso ni siquiera advirtiéndola, conformándose con malgastar los pocos o muchos recursos que repletan sus arcas.

Todos gobiernan al tanteo, con una visión cortoplacista, dejando en ascuas los grandes retos que afronta el territorio. Acaso es cuestión de poco humanismo, porque nunca se gobierna para las nuevas generaciones. También puede ser cuestión de ausencia de autoridad, dependiente los gobernantes de congraciarse con el o los mecenas que hicieron posible su ascenso al poder.

Lo dicho. La mejor manera institucional de celebrar un cumpleaños es repensando el ente territorial. Cómo abordar tantos retos teniéndose unas fortalezas significativas, pero también unas amenazas muy serias. Parece labor difícil, de filigrana; podría simplificarse si se fomenta la interlocución de la sociedad civil, con tantos talentos inclusive dispersos por el mundo, deseosos de aportar y de ser reconocidos.

 

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