Usted esta aquí
Inicio > Opinión > Ciro Quiroz Otero > Croniquilla sobre mi pueblo natal: El Paso

Croniquilla sobre mi pueblo natal: El Paso

 

Por: Ciro A. Quiroz

Existen pocos pueblos sobre la tierra como El Paso, de clima encendido y temerario. Se suda las veinticuatro horas del día y las visiones del entendimiento parecen enturbiarse pero, al final, el pensamiento se escapa como sea.

Situado entre el rio Cesar y Ariguaní, uno más grande que el otro, se unen en Boca de Iguana para verter a la Ciénaga de Zapatosa. Sus aguas llenan los playones en invierno y de un modo u otro viven así sus habitantes.

Sus calles arenosas se borraron para siempre y las lozas del pavimento abarcan sus áreas sin compasión alguna. No queda rastro de las frescas casas de bahareque y palma, arrasadas por el rígido modernismo del cemento. Se sabe por la tradición y por algunos libros, que hubo familias ricas, muy ricas, que dilapidaron sus fundos por desidia.

Aquí la pobreza exhibe su rostro. Vive, pero en verdad no vive; come yuca, plátano, morrocoyo (Chelonoidis carbonaria)  y pescado que escasea como amenaza de extinción. Los más pobres visten un raído pantalón o pantaloneta y una camiseta escueta, por calzado arrastran unas chanclas de plástico, porque las abarcas “trespuntás” que fueron tradicionales, desaparecieron hace marras.

Sus mujeres comúnmente van envueltas en un faldón indefinido y amorfo que esconde cualquier figura por atractiva que sea. Eso sí, abundan los aparatos de sonido, escapándose algunas raíces ancestrales del pasado, desde cuando fueron sembradas aquí por negros carabalíes que usufructuaban la ganadería. Ahora se ven despertar sus tambores con sus fanfarrias y sus pálpitos, al tesón estridente y sólido de los pechos secos de las tortugas al golpe de una piedra, intercalando cantos fúnebres cuando se trata de la despedida de un muerto, a cuyo alrededor bailan, poetizando alusiones al recuerdo.

Por una gracia de Dios o del Demonio, porque los dos reinan y mandan, se escuchó de pronto un trueno a medio día y en pleno verano. Hacía mucho no pasaba. El evento sirvió para recordar entonces al negro Guerra, que tenía sabiduría para todo y se hincaba en el sitio donde había que consagrar algo; era ‘abogado’ contra las epidemias, curaba las ‘picadas’ de las culebras y cuando éstas abundaban, cansado de curar, privaba a todas las serpientes de la región de su veneno.

Guerra, de poderes soberanos, era advertido con un dolor de cabeza cuando una serpiente hacía de alguien su víctima, señalando su clase y anticipando si iba o no a salvarse. El negro no aceptaba interrupciones en su trabajo. Una vez, a orillas  de la Ciénaga de Zapatosa, acorralado por un ejército de mosquitos, gritó: – “Déjenme trabajar tranquilo, ¡No joda! Tan pronto termine, los complazco”. Y, ciertamente, al terminar con un amen, una lluvia de insectos se posaba sobre sus espaldas. Eso sí, al instante morían todos.

Con el revivir de las tamboras han vuelto los cuentos de brujos y brujas  de la época en que a un excelente bailador se le decía: ‘Serenito’, lo cual era señal de levitación, retando la gravedad, episodio sicológico y colectivo proveniente de la zambería y el mulatismo que, además de distraer en la vida local, cumplía una función terapéutica.

Historias de vaqueros y bogas ruedan todavía por ahí; hombres de vieja edad, explicablemente bondadosos y comunicativos; historiadores con la misma ficción que tuvieron Saturnino Martínez, el arriero; Daniel Parra, el boga y Adán Palmera, el acordeonero. Verdaderas enciclopedias de aventuras y caprichos y viajeros incansables en la alteración de antiguos caminos y sinuosos ríos. Hombres que esparcieron desde El Paso, sus descendencias hacia todos los lugares del mundo. Algunos, como Lucho Guerra, que llamaba primo a todo Negro. Tal vez no habrá otros en la región del río y los confines de Chimichagua, Chiriguaná, Rincón Hondo y El Paso.

Deja un comentario

Top