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Crónica-Un paseo vallenato

Por: Martín Nova

Muchos expertos han repetido que el vallenato se encuentra en crisis. Algunos lo dicen como una gran crítica a las tendencias actuales, al mercado de la música, a las disqueras, a las emisoras, y auguran un final triste para nuestro folclor vallenato. Es una crisis profunda de esta ancestral cultura caribe que no encuentra en las generaciones actuales ese contenido poético expresado en cuartetos, sextetos y décimas por sus antepasados. Es lugar común decir que el mundo y las sensibilidades evolucionan, y mal haríamos en pretender quedarnos siempre en el pasado y pensar sesgados por la nostalgia en que todo tiempo pasado fue mejor.

Aunque había llegado a ciertos círculos un par de décadas antes, muchos de nosotros, en el país no Caribe, tenemos una versión de la historia con recuerdos de la llegada del Vallenato hacia la mitad de la década de los años 80, de la mano de Rafael Orozco y de Escalona en la televisión. Pero no fue sino hasta 1993 cuando Carlos Vives se toma el atrevimiento de traer los poemas del vallenato clásico, de la mano de Sonolux, y convertirlos en la música colombiana para siempre. Si me preguntan de dónde mi amor por el vallenato, no tendría respuesta exacta. Quizás desde que sus letras me transmitían historias que otros géneros no podían.

Ya para esos años Gabriel García Márquez había inmortalizado a Francisco ‘El Hombre’ y a Escalona en sus letras en ese vallenato de 350 páginas llamado Cien Años de Soledad, y había sido el vallenato su gran compañía por siempre, incluso en la ceremonia del Premio Nobel de Literatura en 1982.  Bien dice Juan Gossain, vallenatólogo experto, que el vallenato no es un género musical sino un género literario. Y comenta que Escalona le decía sobre el vallenato: lo bueno es el cuento del cuento. Y por ello la importancia de la pregunta ¿para qué el arte, para qué la literatura?: para con esa respuesta encontrar también la respuesta de para qué el vallenato. Y esa literatura y esa poesía van ligados íntimamente al escenario de la parranda.

Sin embargo, la cultura vallenata real, y la parranda, siguen siendo muy desconocidas en la mayoría de nuestro país. Me explico. Hace algunos años tenía el deseo de hacer un paseo por la región vallenata, entre la Sierra Nevada de Santa Marta, la Guajira y el Cesar, recorrer aquellos lugares que dieron origen a los Cantos de la Provincia: Atánquez, el Río Badillo, Patillal, Valledupar, Urumita, Villanueva, El Plan, San Juan del Cesar y La Junta, Fonseca, La Paz, los ríos y caños, cada uno como fuente de inspiración y hogar de versos mágicos que hoy alegran nuestros días.

Quería compartir con un grupo de amigos, parrandear, y aprender de la región y esta que hoy es nuestra música. “¿Cómo se te ocurre un paseo de tres días solo con vallenatos?”, me decían. Parecía que el paseo planteado era una excesiva inmersión en vallenatos. Aunque todos conocen el folclor vallenato, no había consciencia de lo que significaba la palabra parranda, o de lo que era vivir el vallenato de verdad. El vallenato y la parranda han sido siempre una perfecta excusa para celebrar y para compartir con amigos, para dedicar canciones y para disfrutar la vida. El vallenato, declarado como patrimonio inmaterial de la humanidad y de Colombia, es uno de nuestros símbolos patrios más significativos, y la parranda es quizás su punto más alto.

En unas semanas logramos organizar un paseo vallenato, para un poco más de una veintena de personas, que trataré de describir a continuación. “Es el mejor paseo de la vida”, “hay que repetirlo”, “Ya bajo vallenatos clásicos y los escucho todo el día”, dicen ahora.

Organizamos un viaje de jueves a domingo: del 15 al 18 de febrero de este 2018. El gran recibimiento y la hospitalidad de los valduparenses es superior al esperado y al acostumbrado en casi todo el resto del país, y es ya una razón para regresar. El sueño era claro: recorrer los pueblos y la región y llegar a parrandear a una agradable casa de cada lugar, bajo el palo de mango, con los compositores y cantautores locales. Hacer tres parrandas memorables.

La primera parada, el día de nuestra llegada, fue en el Museo del Acordeón.  Allí, ‘Beto’ Murgas nos recibió y nos contó al detalle sobre el origen del instrumento base de nuestro folclor, y cómo nace hace tres mil años en China, evoluciona luego con las armónicas, para terminar con los distintos tipos de acordeón y de ritmos vallenatos. La lección y la visita al Museo fue de gran utilidad y cimentó unas buenas bases para los tres días que vendrían a continuación.

La primera parranda, el jueves, fue en la casa finca Mamá Shol, atendidos por nuestros amables anfitriones, Dickson y Camilo Quiroz, en un acogedor y fresco quiosco, diseñado para tales eventos. Dispusimos las sillas en un círculo – el círculo mágico – para todos poder deleitarnos con las historias, cuentos, versos y composiciones. Nos acompañaron aquella noche, entre muchos otros: Santander Durán Escalona, Julio Oñate Martínez y Coco Zuleta. A medida que avanzaba la noche, en medio de comida local exquisita como el Chivo, el Friche, con todo tipo de acompañamientos, el círculo se fue cerrando y los abrazos, sonrisas y alegría aumentando. El mismo ritual se repitió por las tres noches siguientes.

Madrugamos para salir en bus. Un grupo vallenato nos acompañó durante todo el recorrido destino Patillal. En el camino, al pasar por el Río Badillo, Jaime Dangond Daza nos contó la historia de la canción con el mismo nombre, compuesta por su tío patillalero Octavio Daza. Pasamos por La Mina, con sus aguas cristalinas, y llegamos a Atánquez, donde Chabuco, otro de nuestros contertulios, nos mostró el pueblo de sus antepasados. De regreso hacia Patillal almorzamos comida local, en un lugar donde el Río Badillo fue testigo de una inolvidable tarde de río en las aguas heladas de la sierra, al son vallenato.

Al caer el sol estaríamos llegando a Patillal para una segunda parranda que se extendió hasta el día siguiente. Rafael Manjarrez y sus famosas composiciones, el Rey Vallenato 2011 Almes Granados, Julio Oñate quien nos acompañó de nuevo, Adrián Villamizar y su dulzaina, y nuestros contertulios Fonseca, Chabuco, Juan Pablo Marín y Jaime Dangond. El grupo de los cachacos que bailaban, gritaban y tomaban, comenzó a aprender las normas de la parranda, con respeto, escuchando, evitando el baile y con moderación. Una parranda inolvidable. Patillal, mágico, cuna de compositores, tiene además unos frondosos árboles inolvidables.

Al día siguiente saldríamos temprano en la mañana para el recorrido hacia la Guajira sur. Urumita nos sorprendió con sus calles y su iglesia. Visitamos la casa donde nació la Gota Fría, hoy representante global de la cultura vallenata. De ahí para Villanueva, en el piedemonte de la Serranía del Perijá, donde sucede el Festival Cuna de Acordeones, Patrimonio Cultural de nuestro país, y donde los compositores se nos acercaban con sus melodías en el parque. Llegaríamos al final de la tarde a San Juan del Cesar. Pasaríamos la noche en el hotel Casa Murillo, donde sería nuestra tercera parranda.

Deimer Marín, hijo del compositor Hernando Marín Lacouture, moderaría la parranda con sus historias y recuerdos, junto a Franklin Moya, Sergio Moya Molina, Adrián Villamizar, y nuestros contertulios, hasta que el sol salió e iluminó las bellas cúpulas de la Capilla sanjuanera. Al despertar, a las pocas horas, tomamos ruta para El Totumo, un balneario de aguas cristalinas y cálidas del Río Cesar, donde tuvimos una tarde de ‘desenguayabe’ y un magnífico sancocho trifásico preparado por los indígenas locales.

Ya hoy no sé si fueron tres parrandas, o una sola parranda que duró tres días. Pero sí sé que fue un paseo inolvidable, en una región mágica que todo colombiano debería llevar en el corazón. Y cada persona que viva esta experiencia, conozca la parranda auténtica, lo hará por el resto de sus días. Al menos sabemos ya de otros dos o tres grupos de personas que se inspiraron en nuestro paseo para repetirlo.

La mítica historia de hace 150 años se repite: Francisco ‘El Hombre’, la leyenda, el juglar, el vallenato personificado, se enfrenta a Satanás, quien pretende ganarle la batalla frente a la historia. El mundo musical de hoy es otro: los managers que hacen lo que hacían las disqueras, las plataformas digitales que reemplazan la radio y la televisión, éxitos musicales que se apagan en pocas semanas, nuevos géneros musicales que cautivan nuevas audiencias con nuevas sensibilidades y, en términos del folclor, un vallenato desvallenatizado, y bailable, sin los versos y el contenido que convirtieron al vallenato en lo que es.

Es una nueva realidad que invita a reflexionar sobre el futuro del vallenato clásico. Pero es así que este folclor nunca morirá: al vivir la experiencia original, con su música y sus parrandas, con su significado, el poder de la palabra y la poesía, para el vallenato clásico seguirá brillando el sol de la provincia. Como dice el slogan de este Festival 2018: “El mundo necesita más vallenato”.

 

 

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