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EL CANTO VALLENATO: GÉNESIS Y EVOLUCIÓN

Cuando suena una canción vallenata sucede algo asombroso. La mente del oyente se transporta al pasado, como en una máquina del tiempo compuesta por acordes, melodías y relatos, mientras el ritmo se adueña de los cuerpos, que involuntariamente se mueven al compás de la magia, hasta llegar a alcanzar una especie de éxtasis. Así van apareciendo nombres, situaciones, lugares, conflictos y un sinnúmero de experiencias que, de manera casi inexplicable, los compositores pudieron imprimir en sus obras de arte.

Todo esto no es producto del azar. Esta riqueza “no se recoge del suelo” sino que es el resultado de una dialéctica histórica donde confluyeron varios agentes y actores. O como bien lo dijo Consuelo:

 “Del vallenato bien puede decirse que, como la Santísima Trinidad (Tres personas distintas y un solo Dios verdadero), es también uno solo verdadero, donde quiera que nazca y se mantenga. Y, cuando digo nazca, empleo la palabra más apropiada, tal vez la única exacta, para aplicar a los cantos vallenatos, porque ahora con el auge y renombre que ha adquirido nuestra música, están proliferando – como la abundancia de la verdolaga en tiempos de invierno – los ‘fabricantes’ de vallenatos que los preparan, los trazan, los cortan y los manufacturan hasta por encargo. Estos no son vallenatos. El vallenato nace, brota, surge, viene corriendo incontenible a través de la inspiración, llega a los labios del afortunado que la posee…y salta. Después, sin que nadie se haya preocupado de encerrarlo entre unas letras y un papel, sin que su mismo autor piense que debe perpetuarlo, penetra y se queda para siempre convertido por derecho propio en parte esencial de nuestra mejor riqueza anímica” (Araujo-Noguera, 1973).

La filosofía y la lingüística histórica manejan distintas teorías respecto al origen del lenguaje, desde la afirmación que quizás fue inventado una vez por nuestros primeros ancestros – tal vez por los primeros que tuvieron las propiedades genéticas y psicológicas necesarias para producir complejos sonidos y organizarlos en series. Esto es llamado monogénesis. O quizás fue inventado muchas veces – poligénesis – por mucha gente.

También encontramos la teoría que afirma que el punto de partida fue la imitación de los sonidos de la naturaleza – onomatopeya -, un punto de partida común con la invención de la música. Ésta última tuvo un carácter místico para el hombre primitivo.

De esta manera, al no existir aún la escritura y ante la necesidad de trasmitir sus emociones, el conocimiento y las costumbres necesarias para la supervivencia de la especie humana, nuestros antepasados empezaron a conjugar lenguaje oral y música, resultando el canto como una expresión sublime, casi sobrenatural, del espíritu humano.

Entonces, volviendo al canto vallenato…

Hasta 1945, en el argot de la música popular del Caribe, no existía ritmo alguno llamado vallenato.  Antonio Brugés Carmona (1911-1956) indagó sobre el folclor musical de la Costa Atlántica, y en su obra periodística hace referencia al ritmo del acordeón costeño y específicamente del merengue:

 En esta amalgama de razas que está dando la América nueva, creo que el merengue constituye una de las danzas más típicamente americanas (…). El Merengue se toca y se baila en casi todo el departamento del Magdalena, especialmente en la zona rural que queda entre la Sierra de los Motilones y la margen derecha del río Magdalena, sus más altos exponentes se encuentran en la provincia de Valledupar y en las haciendas y caseríos de la montaña de Plato, Santa Ana, San Sebastián y el Paso (…).

El Merengue se ejecuta con los siguientes instrumentos: acordeón, tambor hecho de tronco de arboles y parche de cuero de chivo, que los naturales llaman ‘caja’. Los músicos, que a veces trenzan en el baile, se sientan en el centro y a su derredor las parejas bailan. Baile de ganaderos, toma el círculo de los pueblos pastores y el tambor de los negros – modificado a la manera de la región – pero también toma el acordeón de los marineros y como para protegerse de los mestizos transaccionistas adopta el abrazo en las parejas (…).      

¿Dónde se encontraron los ultramarinos acordeones con el tambor y el ‘catejondo’ americanizado para darnos años después el delicioso Merengue? Hasta donde alcanzan mis modestas averiguaciones, sé que fue en el pueblo de Camarones donde comenzó esta danza maravillosa que ahora comienza a invadir las orquestas de ‘piano y violín’ de Barranquilla, Santa Marta y Cartagena (Brugés Carmona, 1940)

Historiadores anteriores a Brugés Carmona brindan información detallada de los bailes que se celebraban en la región del Magdalena Grande. Estas celebraciones, conocidas como rochelas, estaban asociadas al sentir del pueblo, donde se cantaban versos lascivos, se ingerían bebidas fuertes y no había distinción entre hombres y mujeres que realizaban movimientos marcadamente sexuales al compás de los bundes. Estos bundes se convertirían luego en cumbiambas y éstas, a su vez, en merengue (De Lima, 1930).

De esta manera encontramos en las raíces del folclor, que posteriormente fue bautizado como vallenato, un sincretismo cultural: la unión de europeos, negros y nativos representados por el acordeón, la caja y la guacharaca, respectivamente.

Los versos que acompañaban las interpretaciones musicales de las danzas eran sencillos, cargados de cotidianidad y sin rimbombantes construcciones musicales o lingüísticas. Según Germán Arciniegas, los pueblos que empiezan, al desconocer la escritura, en lugar de escribir la historia, la cantan. Entonces, nuestros primeros cantadores, zambos, mulatos o nativos, fueron tan iletrados como sus antepasados aborígenes, y por la misma razón debieron cantar su historia, por no poder escribirla (Gutiérrez Hinojosa, 1992)

La música popular no es estática, sino que está en permanente transformación y se articula con eventos religiosos, fiestas patronales, celebraciones familiares; y evoluciona en correspondencia con el cambio del sustrato cultural e histórico donde se desarrolla. Por eso, a finales del siglo XIX, los capuchinos, en su esfuerzo por evangelizar a los indígenas de los valles que conforman los ríos Cesar y Ranchería, crearon escuelas de enseñanza en pueblos como Atanquez, San Juan del Cesar, Villanueva, Valledupar, El Paso, Nabusimake…en estas instituciones se enseñaba el español y fueron el medio de difusión de las coplas españolas (Sanchez Mejía, 2009). Se fueron reemplazando los versos usados en el evento bailable por construcciones lingüísticas semejantes a las saetas que el poeta Antonio Machado compiló en cercanías de Sevilla -España, por la misma época de la influencia capuchina en el Valle del Cacique Upar, y que aún hoy se utilizan en el marco de las festividades religiosas de la Semana Santa.

¿Quién me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno? (Saeta Popular)

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz! (Machado, 1914)

Bajo esta influencia aparecieron en escena hombres como Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Gustavo Gutiérrez Cabello y otros que supusieron un cambio extremo en el canto vallenato y lo introdujeron en los tuétanos de una sociedad, al principio hostil y desconfiada con la música del populacho, al punto que, a finales de la década de los 60, suceden en la región dos hechos que dividen su historia en dos: el nacimiento del Departamento del Cesar (21 de junio de 1967) y la celebración del primer festival de música vallenata, en el marco de las fiestas religiosas de la Virgen del Rosario (29 de abril de 1968).

Desde entonces, la música de acordeón, ahora bautizada como vallenata, se elevó como el símbolo de la identidad de un pueblo al tiempo que los cantos de los compositores raizales rebasaban las fronteras de los países y las clases sociales, pero con esto también llegó el marketing y el consumismo, el afán de poder, tener y ser traducidos en la sed de fama y dinero que ahora impulsa a los fabricantes de cantos, y que han colocado en riesgo la esencia de este folclor que necesitó un poco más de dos siglos y cuatro o cinco generaciones para llegar a ser lo que es hoy.

Bibliografía

Araujo-Noguera, C. (1973). Vallenatología. Bogotá: Tercer Mundo.

Brugés Carmona, A. (21 de Enero de 1940). El merengue, danza típica del magdalena. El Tiempo.

Gutiérrez Hinojosa, T. D. (1992). Cultura Vallenata: Origen, teoría y pruebas. Bogotá: Plaza & Janes.

Machado, A. (1914). La Saeta. En A. Machado, Poesías Completas.

Sanchez Mejía, H. (2009). De bundes, cumbiambas y merengues vallenatos: fusiones, cambios y permanencias en la música y las danzas en el Magdalena Grande, 1750-1952. En M. Pardo Rojas, Música y Sociedad en Colombia: traslaciones, legitimaciones e identificaciones. Bogotá: Universidad del Rosario.

 

Por: Carlos Liñan

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