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Cantar mientras se llora…

Los contrastes son tenaces. Mientras el País Vallenato vibra sin poder escamotear su entusiasmo por lo que se respira en el ambiente con ocasión al ya cercano Festival de la Leyenda Vallenata, el mundo llora y protesta por una sucesión de casos que estremecen de indignación.

Son cientos los casos, pero tres recientes ilustran la escalada de deshumanización del mundo, como para abrazar el apocalipsis, cuál más inapropiado. El inesperado ataque a su población civil, perpetrado por el Estado Sirio, usando sustancias químicas proscritas en toda la normativa internacional se disputa puestos de preeminencia con el secuestro y posterior asesinato de tres periodistas ecuatorianos ejecutados en la frontera colombo-ecuatoriana por una disidencia de la desmovilizada organización guerrillera de las Farc, la que, a propósito, vuelve a ponernos los pelos de punta con el descubrimiento y encarcelamiento judicial de uno de los reinsertados de su cúpula, Jesús Santrich, quien negociaba toneladas de cocaína con uno de los carteles mexicanos, de los más sanguinarios del mundo.

Ninguno de los tres episodios citados, y ninguno otro sanguinario, es admisible y menos justificable. Y cualquiera de los tres lleva implícito una notoria amenaza contra el orden mundial. El de Siria ya provocó respuesta de otras potencias mundiales (EEUU, Inglaterra y Francia) que bombardearon posiciones estratégicas ubicadas en suelo sirio, temiéndose una nueva guerra mundial.

El caso ecuatoriano también es desolador. No solo atenta contra la vida de personas inocentes y desarmadas, fertilizando un clima de zozobra en toda Latinoamérica, mas también contra la libertad de prensa, como si los derechos a la información, a la expresión y a la opinión se erigieran en los enemigos rotulados de los delincuentes. Y no es de extrañar: los pícaros quisieran una sociedad silenciada, domesticada y contemporizante, porque en país de ciegos, el tuerto es rey.

El caso Santrich también debe encuadrarse en esta categoría, así no se conozca causalidad inmediata con hechos de sangre. El personaje de marras hace parte de la cúpula de una organización criminal que recién juró no delinquir más, y en cuya virtud fueron recibidos como reinsertados por una sociedad en trance de perdonarlos. La reincidencia delictual de Santrich infecta el ambiente social, hace más difícil la reinserción y les da alimento argumentativo a los enemigos de la paz, amén de que puede provocar la insensatez de colapsar el proceso de paz.

Con esos antecedentes inmediatos, y seguramente otros más por venir, ¡cuesta aceptarlo!, el solaz no puede ser completo durante el Festival de la Leyenda Vallenata, sin que sirva de consuelo el que sea una constante histórica en escalada la deshumanización del mundo. Hasta grima da.

Sin embargo, siempre hay que anteponer la vida a la muerte. Una buena manera es mediante el fomento de actividades integracionistas (deportes, fiestas patronales, folclóricas y culturales, etc.) de suerte que los pueblos desarrollen un sentido de pertenencia y los ciudadanos se sientan pertenecientes a él, y no parias.

No es un simple sofisma. Los estudios sociológicos indican que el déficit de reconocimiento político – social hace fácil presa al ciudadano de los cantos de sirenas de la ilegalidad, de la deshumanización, sobre todo cuando existe una orquestación estratégica de los grupos delincuenciales para el reclutamiento de desadaptados sociales.

Hay que darle al ciudadano razones para vivir, y razones para vivir orgulloso de su terruño, de su sociedad, de la institucionalidad, de su folclor, de sus costumbres, de sus juglares, de su poesía, de su fraternidad. Hay que actuar para dar y consolidar más y más los motivos de orgullo, y  no simplemente esperar que por inercia se fomenten las tradiciones y se preserve el folclor.

El desafío es grande para los vallenatos. Preservar nuestro folclor, sobre todo el musical ya abrazado por buena parte del país y querido en el exterior, es cuestión de vida o muerte, y no solo por la grande repercusión en la economía del territorio (cualquier apuesta turística pasa necesariamente por el rasero del folclor), sino por la capacidad de sociabilidad y humanización que ella entraña.

Lo dicho. Grande será el contraste. Por manera que toca solazarse con la integración popular folclórica durante el festival vallenato así nuestros corazones lloren lágrimas de sangre por los hechos de violencia inhumana que nos desgarra todos los días.

 

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