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Apaga el televisor

Por: Fabio Alejandro Olivella Cicero

olivellacicero@gmail.com

¿Me ayudas a entender algo que todavía me cuesta, Sophía, venerada diosa de ojos grandes y caprichosos? Permíteme unos minutos de tu tiempo y te explico. Sabes que venimos al mundo con varios propósitos. De todos ellos, hay dos muy importantes y hacen parte de nuestra esencia común: aprender y enseñar. Eres muy inteligente, y por eso sé que ya lo tenías claro, belleza de piel aceituna. Aunque nunca sobra decir que venimos programados con un sistema operativo que, sin importar la versión o la actualización, siempre corre un programa automático que nos obliga a absorber y generar conocimiento o, por lo menos, experiencia. Estamos obligados a volver esa información útil.

¿Sabes cómo se vuelve útil todo lo que aprendemos y enseñamos? Para explicártelo, mujer culpable de mis desvelos, permite que me aproveche del elemento más valioso que existe en el universo, ese por el que dioses y mortales gastan fortunas: tu tiempo. Así como lo oyes; si el Amor es el ‘vehículo’ del universo, y Aprender es el ‘manual de conducción’, el Tiempo es la ‘gasolina’ en ese recorrido al que llamamos vida.

Volvemos útil la información que recopilamos cuando la convertimos en mensajes positivos. Esto precisamente, Sophía, es lo que me cuesta entender: ¿Cuál es la razón por la que tendemos a volver todo nuestro aprendizaje en frases y acciones negativas? Tengo un par de posibles respuestas.

La primera causa es el lenguaje que recibimos los primeros años de vida. Sin importar el nivel educativo, social o económico de nuestros padres y maestros, siempre se recalca en lo que se debe evitar y no en lo que se debe hacer. Me explico. Lo común es decir: No te subas a la silla; No vayas a derramar el agua; No llegues tarde; No entres a este cuarto. En cada caso en particular, es preferible comunicarse de la siguiente manera: Quédate en el piso o, prefiero que sigas de pie o, tómate el agua con cuidado o, come y bebe despacio; nos vemos a tal hora; quédate en la sala; prefiero a fulanito como tu amigo.

El ejemplo más claro es cuando le proponemos a alguien que ‘No’ piense en un perro verde… pues es lo primero que hace! Mencionar la acción que queremos que otra persona eluda, lo obliga a imaginársela, y esa es la cuota inicial para que se haga precisamente lo que queremos evitar. Lo correcto es mencionar lo que queremos que haga o piense. Algunos dirán que con los hijos a veces es preferible decir la frase con el “No” para que haya mayor claridad, y puede ser cierto en algunos casos. Sin embargo, esa forma de comunicación debería ser la excepción.

¿Estás conmigo, Sophía? ¿Sigo teniendo la bendición de compartir tu valioso tiempo? Para mi es un reto no perderme en la profundidad de tu mirada o en el encanto de tu hermosa sonrisa.

La segunda causa por la que volvemos todo nuestro aprendizaje en mensajes negativos, es la forma en que están redactadas las normas sociales. El ejemplo más claro son los diez mandamientos del antiguo testamento. Si nos invitan a amar a Dios sobre todas las cosas, y a honrar a padre y madre, el mensaje es contundente. Diferente a si nos recalcan que No debemos matar, o mentir, o cometer actos impuros; en cierta forma nos están dejando claro que todo eso se puede hacer.

Te pregunto algo, Sophía: ¿sabes cuáles son las siete virtudes capitales? Te las recuerdo para que las memorices: humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia. Seguramente es más fácil para ti recitar los siete pecados capitales, porque estamos acostumbrados a aprender lo que no debemos hacer. Es tan absurdo como si al comprar un electrodoméstico, en el manual apareciera todo lo que el aparato no hace o hace mal.

Así se han redactado muchas de nuestras normas. Lo sé, Sophía, es un reto pensar en positivo. Es un reto volver útil todo aprendizaje que absorbemos y, más aún, enseñarlo en positivo. Aun así, venimos precisamente a aprender y a enseñar. Gran parte de nuestra esencia se reduce a eso. Por ahora y, mientras se acerca nuestro próximo encuentro, te hago una última recomendación para empezar por este largo camino: apaga el televisor.

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